Todos tenemos una historia que contar

A lo largo de estos 16 meses, en los que llevo compartiendo cursos, talleres, charlas, conferencias y sesiones  con personas maravillosas, no podía dejar de contaros la otra cara de lo que ocurre, aquello que no sale en la foto, ni en las redes sociales, ni en la primera toma de contacto.

Las historias que hay detrás de cada situación, la explicación a algunos comportamientos, el motivo de los miedos, la causa de las creencias, la influencia de las etiquetas…

Las experiencias pasadas que no dejan avanzar son imprescindibles para comprender a los demás y ponernos en su lugar.

Y yo, como todos, también tengo una historia que contar (muchos la conocéis, porque la cuento en ocasiones en los cursos), pero hoy me centro en la tuya, en la vuestra, en la que veo cada día porque creo (y estoy segura) de que te va a ayudar. Los nombres son ficticios.

  • Jesús, 28 años. Compartimos 15 horas en un curso. Muy atento en clase, sonríe tímidamente, colabora en los ejercicios y participa. Eso el primer día que le conocí. Al día siguiente, está como ausente, apenas colabora en las dinámicas propuestas, algo ocurre…Sé que hay algo, siempre lo hay.

A la hora del descanso, habla conmigo y me pide disculpas por no estar al 100%, se siente mal, tiene altibajos, no ha superado del todo una depresión y no es capaz de concentrarse. Le sabe mal porque dice que valora mucho que me prepare las clases y cree que no ha estado a la altura. Intento aliviarle, le digo que no pasa nada, todos tenemos días malos y lo que a mí me importa de verdad es que él esté bien, que no se preocupe por mí.

Me sigue contando…6 años sufriendo acoso escolar. “Fue hace mucho”, me dice, “pero aún me cuesta hacer muchas cosas, el hecho de salir de casa y venir al curso ya es mucho”. No es capaz de fijar su objetivo profesional, no se siente seguro si tiene que hablar de sí mismo y más en una entrevista de trabajo, le preocupa su poca experiencia a pesar de estar cerca de los 30. Probó varios cursos, diferentes temas en varios años y ha vuelto al principio de nuevo: le gusta la cocina y va a por ello.

¿Cómo te quedas? Sin palabras. Le han jodido la vida, pero solo una parte, aún le quedan grandes experiencias por vivir y personas fantásticas por descubrir.

  • María, 43 años, perfil directivo. Acude a mí porque se ha quedado sin trabajo hace unos meses y necesita volver a trabajar, no tiene preocupaciones económicas. Está pensando incluso en reorientar su carrera hacia otro sector, el suyo quema mucho y han sido muchos años de dedicación.

Comenzamos la primera sesión y al rato se desmorona. Un despido injusto y casi traumático, una decepción enorme por parte de quienes creía amigos más que compañeros de trabajo (“le han hecho la cama”), muchas preguntas en el aire, una gran necesidad de respuestas, tiene mucha dificultad para dejar de hablar del tema y nombrar a su empresa. Todo gira en torno a ello.

En la última sesión nos acordamos y le digo” ¿Ves cómo hemos conseguido dejar de hablar de ello y pensar en tu futuro?” “¿Recuerdas el primer día?, me apetecía cogerte e ir juntando tus trocitos de una vez, pero había que hacerlo poco a poco”.

A los tres meses encontró trabajo, tenía mucha autoconfianza en conseguirlo, lo que había que entrenar con ella eran otras cosas.

  • Carlos, 24 años, 25 horas compartidas con él en un curso de Orientación vocacional. Llegó de Cuba hace unos años con su madre. Es encantador, sonrisa permanente, muy inteligente, se comunica muy bien y redacta estupendamente. Todo le parece bien, muy colaborador y participativo, se le ve feliz, como si toda su vida hubiera sido un camino de rosas.

Nos lo cuenta en clase porque surgió así: vivió años de maltrato de su padre hacia su madre, él ya falleció y cuando estaba a punto de morirse… decidió perdonarle. Y reconoce que eso es lo que ha hecho que hoy sea quien es y sea cómo es, que no merece la pena sentir rencor. Nos da una lección de generosidad, nos emociona y el último día me abraza con tanto cariño que no puedo dejar de acordarme de él.

  • Eduardo, 49 años, sector construcción. Fue uno de mis primeros clientes. No sabía cómo hacer un C.V., nunca lo había necesitado, jamás había acudido a una entrevista de trabajo. Quería trabajar, habían pasado dos años ya desde su última experiencia y sentía que se había acomodado un poco. Su sector se complicó y era difícil volver a él.

Repasamos todo lo que sabe hacer, lo que ha hecho, qué le gusta y acaba reorientándose hacia otro sector. Cambia la forma de buscar, es consciente de que debe “ponerse las pilas” y al cabo de dos meses de terminar el programa me llama: “Paloma, algo hemos hecho mal…¡no paro de tener entrevistas!” Sé que encontró trabajo e incluso decidió cambiar a otro mejor. 

  • Raquel, 38 años, secretaria. Compartimos 12 horas de curso en un programa de empleo. Dos años desempleada, no deja de acudir a todos aquellos cursos, talleres y formaciones que la ayuden a encontrar empleo. Ha hecho un trabajo de desarrollo personal brutal, lo necesitaba. Sus compañeros le dedican palabras de agradecimiento, ha sido una de las personas que más ha ayudado al resto, conoce cantidad de recursos para el empleo, les extraña que no haya encontrado trabajo aún con toda la experiencia que tiene y sus conocimientos sobre búsqueda de empleo. El último día nos despedimos todos, se emociona mucho y me dice que ya me contará su historia. Después de enviarme mensajes de agradecimiento, de reflexionar sobre todo lo visto en el curso y apoyarme mucho en redes sociales, se crea una relación personal entre ella y yo. Y quedamos a tomar un café: me trae regalos (¡pero bueno!, esta chica es increíble) y me lo cuenta.

Sufrió mobbing, tanto por parte de su jefe como de sus compañeros, aguantó, ¡qué remedio! Y desde que se terminó, trata de curar sus heridas para sentirse segura de nuevo y conseguir su objetivo. Y lo logrará, cuando todo lo vea muy lejano y gane aún más confianza…llegará su momento. Sabe que hay muchas personas que nos dedicamos a esto, que la conocemos y la estamos ayudando en todo lo que podemos.

  •  Marcos, 45 años, ingeniero. Participa en un curso de Gestión de equipos que imparto para una multinacional. Es jefe de proyecto, con personal a su cargo. Tiene tanta responsabilidad que en ocasiones (en muchas), se olvida de las personas. Quiere mejorar sus habilidades para tratar con su equipo, sabe que es muy importante, pero los plazos y las desviaciones de los proyectos le hacen perder foco en las personas.

Hablamos de inteligencia emocional, de empatía, de la importancia de cómo decir las cosas. Y algo hace “clic” en su cabeza, reflexiona sobre ello, le digo que esto no es “de hoy para mañana”, que las herramientas que les doy son para que vayan viendo resultados poco a poco. Y ocurre, me escribe tiempo después, muy contento, se siente bien y sabe que hace sentir bien a los demás, me da las gracias. A ti, siempre, el mérito es tuyo.

  • David, 28 años, universitario, poca experiencia laboral. Comenzamos programa individual de orientación, busca en el ámbito de los recursos humanos. Un poco tímido, le cuesta elegir las palabras adecuadas, quiere mejorar la comunicación, sabe que es muy importante desenvolverse bien en las entrevistas. No sabe bien qué puede aportar, ni en qué es bueno y al final, acaba haciendo una gran propuesta de valor.

El primer día está ansioso por encontrar trabajo, hasta un poco obsesionado. Hace unos años tuvo problemas de ansiedad (tomo nota, mucho cuidado). Van pasando las sesiones y focaliza tanto su objetivo que elige perfectamente las ofertas que van alineadas con su meta y las otras las descarta. Trabajamos, entre otras cosas, la comunicación, tiene varias entrevistas y cada vez le salen mejor, se siente confiado y orgulloso de sí mismo (y yo más).

Me consulta muchas cosas, le cuesta tomar decisiones a veces y él sabe que no le voy a decir lo que debe hacer, nos reímos y al final decide por sí mismo (después de hacerle un montón de preguntas), así debe ser. Me dice después de cada sesión que está disfrutando y la verdad es que yo también, nos hemos reído mucho. Ha hecho un trabajo increíble y consiguió su objetivo ¡claro que lo hizo!, en el departamento de Recursos Humanos de una multinacional, muy feliz por él.


Todas estas historias y muchas más forman parte de nosotros, no podríamos dejar de tenerlas en cuenta cuando trabajamos con personas.

Y si os digo la verdad, me ayudan cada día a relativizar, a dar importancia a lo realmente importante, a sentirme afortunada, a no dramatizar lo que no es un drama, a valorar y creer (aún más si cabe) en la capacidad que tienen las personas para crecer, para superar dificultades, para cambiar por dentro y que ese cambio se refleje en lo que somos o queremos ser y en aquello que deseamos conseguir.

Muchísimas gracias por enseñarme tanto, por dejarme aprender a vuestro lado y  por abrir vuestros corazones de una forma tan sincera y generosa.

7 comentarios en “Todos tenemos una historia que contar

    • palomagrijota dijo:

      Hola Marygeli,
      Disculpa, creí que te había contestado (algo ha ocurrido a la hora de publicar la respuesta).
      Muchas gracias por valorar con tanto cariño mi trabajo y lo que escribo.
      Tendrás miles de historias que contar!
      Un abrazo

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  1. Manuel dijo:

    Me identifico plenamente con alguna de las historias.
    Excelente Post.
    Detrás de cada persona hay una historia.
    Lo difícil es integrarse de nuevo en el mundo laboral tras un largo periodo de inactividad.
    Superar miedos, será el principio.
    Gracias por tus palabras.

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    • palomagrijota dijo:

      Muchas gracias Manuel.
      Es cierto, hay tantas historias como personas, no es fácil afrontar un periodo largo de desempleo y también hay historias sobre ello. Poco a poco os iré contando más.
      La superación de las limitaciones que nos ponemos (fruto de los miedos en muchas ocasiones) son el primer paso para ir viendo la luz poco a poco.
      Gracias de nuevo por leer el post y por tu comentario, un saludo!

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